martes, 12 de julio de 2011

Place des fetes

Un hombre de tez negra se encontraba en lo que parecía ser un estacionamiento subterráneo. Vestía un abrigo marrón y estaba compenetrado en su canción mientras barría el piso. Se distrajo al ver que una mujer dirigía su coche en sentido contrario y decide hacerle señas para que conduzca de manera correcta. Una vez que esta hubo estacionado su vehículo en el lugar indicado, él se aproximó canturreando. Se detuvo a contemplarla un instante pero sin dudarlo abrió la puerta en gesto de caballerosidad. Ella salió del interior del coche y con un apenas audible “Gracias”, se dirigió hacia la salida. Reaccionando de repente y como por instinto, la llamó, pero al no recibir respuesta se lanzó tras ella. Dejando el estacionamiento tras de sí, se abalanzó hacia las escaleras que lo conducían a la calle. Centrándose sus intenciones en una cita amistosa con café de por medio, se encontraba ahora solo en medio de la calle.
Los grandes edificios se alzaban a su alrededor, cosa que lo hacía sentirse aún más insignificante. Los ruidos ahí afuera, en esa jungla poco amigable, le resultaban un tanto molestos. Y aún así, pretendía encontrarla. Con la duda plasmada a sus anchas en su cara, se dirigió hacia un grupo de gente próximo a él. Preguntándoles muy amablemente por la mujer a la que había visto, no recibió respuesta alguna y decidió, muy a su pesar, volver bajo tierra.
Una vez que su jornada de trabajo hubo concluido y luego de asegurarse el haber cerrado correctamente la puerta de salida por la que esa misma tarde había cometido el grave error de dejarse  llevar por algo más que banal, partió rumbo a su casa. En el trayecto vio varias parejas caminando de la mano y eso le hizo recordar, como de costumbre, que se hallaba solo. Más solo que su sombra y más vacío que su rutina. Una vez que pudo haber encontrado a alguien con quien compartir su tiempo libre que no fuera su escoba, la dejo ir. Pensó, “¿Cómo puedo ser tan estúpido?”. Pero no era esa respuesta la que buscaba. Sino algo más simple y aún así tan engorroso para alguien como él.
Esa noche, recostado en su cama mirando al techo, intentó recordar aquel rostro que le había hecho recobrar por unos instantes sus más perdidas pasiones. La vio nadando entre sus recuerdos, una vorágine de pensamientos congruentes que derivaban en la soledad y el abandono. Se encontró divagando y perdiendo el tiempo, así que decidió descansar. Alcanzó con su brazo a tientas a apagar la luz de la lámpara, miró la luna una última vez a través de su ventana y cerró los ojos.
Nuevo día, pero igual a los demás. En fin, ¿qué tenía de nuevo? No podía su vida ser más monótona porque no duraría lo suficiente. Tomó su chaqueta de tweed negra y salió a la calle. Sus pies se movían como por inercia. Se dirigía hacia su trabajo, aquel donde nadie podía molestarlo. Dobló la esquina y se dirigió a las escaleras. De repente, en el otro extremo de la calle, le pareció ver a aquella muchacha tan bonita del estacionamiento. Sin pensarlo dos veces, corrió hasta donde ella se encontraba. En el trayecto se topó con dos hombres que iban vestidos de negro. No pudo entender cual era la situación hasta hallarse tendido boca abajo en el piso. Uno de los hombres, el de más altura, blandía un cuchillo y gritaba cosas que él no podía comprender. –No entiendo qué me estás diciendo.- se limitó a contestar. Sin más preámbulo, el hombre de menor estatura empezó a hurgar en sus bolsillos en busca de algo.
Al no encontrar nada lo dejó caer al suelo. Sin lugar a donde ir, ni alguien a quien acudir, dejó que el cuchillo completara su trayecto.
Escuchaba los pasos acelerados de ambos hombres y sin poder moverse del dolor, se quedó quieto. El dolor que causaba la herida no era nada en comparación con el que sentía por dentro. Morir solo en medio de la ciudad que nada le había dado, habiendo estado a punto de reencontrarse con quien creía podía ser su redención, no estaba entre sus planes.
Con las pocas fuerzas que le quedaban, caminó hasta la entrada del estacionamiento y allí eligió recostarse a esperar la muerte. Aquel lugar era el que elegía para terminar sus días, aquel en donde había tenido la oportunidad de cambiar su vida y la dejo ir.
Cerró sus ojos un instante. O al menos eso le pareció, pues los cerró para siempre.
Ahora se encontraba acompañado de aquella bella mujer, que arrodillada a su lado, lo asistía. “Un bicho me picó”, ¿Qué más podía decirle? Un bicho de aquellos que pican a un ser humano. Un bicho de aquellos por los que todos alguna vez quieren ser picados. Un bicho por el que se puede dar mucho, o no se puede dar nada, como le había sucedido a él.
¿Su nombre? Su nombre era Sophie, tal cual podía imaginarlo.
Y allí se encontraba entonces, invitándola ahora a tomar un café.
Ella jamás contestó y él supo que debía cerrar los ojos una vez más…

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